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Una ayuda muy dulce

Por Ali Allen


Cuando la gente me pregunta cómo me puse en contacto con OCHO, la respuesta no es fácil.  Su presidente en el momento que me uní a la brigada, Cristina Sáenz de Tejada, había sido my profesora de español en la secundaria.  Pero no fue solamente su ejemplo el que me inspiró a unirme como voluntaria sino darme cuenta de que hacía falta.  Por suerte, cuento con algunas destrezas que me ayudaron a participar.


En febrero del 2016, recién graduada de la universidad, me sentía un poco perdida sobre las opciones disponibles  de poder usar los conocimientos de idiomas que había estudiado en la universidad.  Así estuve hasta que Cristina me contrató para hacer de intéprete a un invitado especial, el Dr. Patrocinio Sarmiento, director del centro de salud de Atima con quien trabaja OCHO. Quería que le acompañara durante su estancia en Baltimore para visitar la unidad de recién nacidos en el hospital Sinai y conocer el trabajo que se hace en Kennedy Krieger Institute con pacientes con discapacidad.  A pesar de carecer de experiencia previa en el campo médico, estaba dispuesta a intentarlo, y Cristina me aseguró que lo haría bien porque ya me conocía de mis años de estudiante en su escuela.


Mirando atrás puedo decir que ese día salió mucho mejor de la que había esperado.  El Dr. Sarmiento resultó ser un invitado ideal, y los doctores que le acogieron en ambas instituciones fueron de lo más amables y flexibles, y especialmente comprensibles con algunos de mis errores.  Al final del día, cuando la Dra. Annemiek Wilms-Floet nos llevó al Dr. Sarmiento y a mí a nuestras respectivas casas, estaba llena de energía e ilusión.  Desde ese día he ido buscando otras oportunidades para traducir e interpretar, al margen de lo que había hecho para OCHO, pero ya entonces decidí que me uniría a ellos en cuanto me fuera posible.


A pesar de que no pude participar en la Brigada 2016, decidí seguir en contacto con la organización.  Y para ello opté por poner a buen uso otras de mis habilidades y pasatiempos favoritos: la repostería.  Fue así cómo, con la ayuda de mis dotes culinarias, empecé a dar a conocer la obra de OCHO en eventos con amigos, familiares, colegas del trabajo y en el coro donde canto.  Todos ellos decidieron apoyar el trabajo de OCHO con donativos o con la compra de mis postres.  Con una parte de las ganacias de las ventas, conseguí reducir el costo de mi aplicación y pude por fin apuntarme al viaje de este pasado junio del 2017.  Gracias a este éxito he seguido buscando otras opciones para poder dar a conocer la labor de OCHO y que al mismo tiempo me permitar subvencionar el costo de mi vaije o recaudar dinero para medicamentos, utensilios de trabajo o material escolar.


Aunque era mi primer viaje con este grupo de voluntarioas, la verdad es que para cuando llegamos a Atima, era como si los conociera de toda la vida.  Me dio la impresión de que estaba de viaje con un grupo de viejos amigos.  Al final de una semana intensa de trabajo, sentí que tenía 38 nuevos amigos con quienes había pasado un mes juntos trabajando por un mismo objetivo.  Es una sensación especial el formar parte de un grupo de individuos, todos muy diferentes entre sí, con quienes compartes mucha energía positiva y donde apenas existen momentos de aburrimiento o donde te sientes inútil.  Incluso cuando teníamos momentos de inactividad, nunca sentías que no estabas haciendo nada; como por ejemplo, el día que tuve que ayudar a una de las voluntarias a decirle a una de las cocineras que ese día no quería comer plátanos en el desayuno.


Mi papel de traductor me ha permitido conocer a fondo los distintos proyectos en los que OCHO trabaja.  Algunos días me quedé en el campamento base que montamos en la escuela primaria de Atima donde colaboré con el Dr. Marc en su clínica de oftalmología, atendiendo a pacientes desde darles gotas para la vista hasta acompañar al paciente durante operaciones de cataratas.  Otro día fui a visitar la comunidad de Choloma, en el municipio de San Nicolás, donde la brigada coordina una clínica móvil para atender a poblaciones necesitadas en esa zona cafetalera, a la que los pacientes acuden desde varias aldeas adyacentes porque no siempre tienen acceso a una evaluación por parte de especialistas.  En esa ocasión tuve la oportunidad de observar la dedicación de la unidad ambulante de OCHO compuesta por pediatras, terapeutas físicos y ocupacionales, logopedas, y doctores especializados en el tratamiento de niños con discapacidad.  Ser testigo de este tipo de colaboración y evaluación interdisciplinaria es realmente algo mágico y poco usual.  Al final de mi visita a Choloma experimenté el que posiblemente fuera uno de los retos más complicados para una traductora: en una habitación con 15 personas, de los cuales solamente 3 de ellos éramos bilingues, me vi envuelta en una conversación donde 10 personas distintas intentaban mantener una conversación y, aunque el objetivo era simplemente transmitir el mensaje, estaba nerviosa porque pensaba que debía traducir palabra por palabra! Fue agotador.  Pero confieso que retos como éstos son lo que me atraen a este tipo de trabajo y no dudaría en repetir la experiencia.


Y aquí me tienen, pensando ya en el próximo año mucho antes de que la organización ni siquierea haya empezado con los preparativos.  Entre otras cosas, pienso continuar organizando eventos benéficos para promover el trabajo de OCHO y para recaudar fondos porque de esta manera siento que recupero la unidad de grupo que mantuve con mis colegas durante esos días de trabajar juntos por conseguir un mismo objetivo.   Pienso que puedo conseguir hacer una diferencia a través de pequeños actos cotidianos, ya sea haciendo una taza de café hondureño, preparando magdalenas, participarndo en una marcha benéfica, o cantando a pulmón abierto durante una sesión de karaoke con los amigos.  Claro está que la lista no acaba aquí pero es así cómo surgen ideas creativas.  Sin amigos e ideas, no podemos recaudar los fondos que se necesitan.  Ese es el poder del trabajo en equipo.

Interpretando en Choloma



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